domingo, 16 de mayo de 2010

El Poder del Consumidor-Texto BL


Siendo una persona más entre las casi siete mil millones que habitan este planeta, me surge con frecuencia una sensación de deprimente pequeñez.

Viviendo en una sociedad tan vasta e impersonal, en que las grandes decisiones sobre producción, inversión, investigación y financiamiento se toman sensiblemente lejos y en altos círculos de poder, me surge fácilmente la resignación de la insignificancia personal ante las grandes definiciones de nuestra civilización, y la creencia que nuestros actos no tienen consecuencia alguna en el sistema económico, social, y natural.

Desenvolviéndonos en el día a día, caemos en creer que consumir es una actividad determinada por la oferta que existe, y que lo que consumimos –eslabón final de la cadena productiva- no tiene ningún efecto sobre lo que se produce, cómo se produce, lo que se invierte, investiga y financia.

A ser verdad, en una economía de mercado basada en el sistema de precios, todo eso es falso.


Cada vez que se compra algo (cualquier cosa) se está “votando” por ello en la economía. Se está eligiendo eso en particular, por sobre todas las otras cosas que una economía particular ofrece. De alguna forma, implícitamente uno está diciendo: “Yo acepto esto, y legitimo la forma en que fueron conseguidos sus componentes, la forma en que fueron tratados los trabajadores que lo produjeron, la forma en que será repartida la ganancia que esto genere, y la forma en que será desechado”.

En las economías de mercado, se produce lo que se consume. Al pagar por algo se está eligiendo su re-producción, y se están destinando los recursos necesarios para esto por sobre todos los otros usos que podrían tener. Se elige por ello la producción de un bien particular, por sobre todos los otros que una economía podría producir.

De una forma admirable, aquel “voto” se transfiere por toda la cadena productiva, desde el punto de venta hasta la decisión de producción de aquel producto, y por supuesto afecta la decisión de inversión y financiamiento de aquel bien.

¿Demasiado mágico? Tomemos un ejemplo de lo que llamaremos la “cadena productiva”.

Usted se dispone a ir a comprar a una tienda. Se decide ir a la tienda “El Farol” y allí le preguntan qué desea. Ud. dice que quiere un litro de leche de la marca “Vaquita”. Al pagarla, la tienda recibe dinero (una recompensa) por haber tenido esta leche. Por ello, la próxima vez que esta tienda decida su abastecimiento, lógicamente pedirá un litro adicional de leche “Vaquita” pues entre sus estantes falta una, y por lo visto esta leche se vende bien.

Siguiendo con la cadena, el distribuidor de leches recibirá de la tienda dinero (una recompensa) por abastecerlo de leche “Vaquita”. A su vez, el distribuidor irá –cuando se le agoten las leches- donde el productor de leche “Vaquita” y le pedirá un litro adicional de leche.

Así, el productor de leche “Vaquita” sabe que si produce un litro adicional de leche éste será bien recompensado por el distribuidor, pues éste sabe que si posee un litro de leche será recompensado por la tienda, gracias a que esta última tiene dinero porque tiene un litro menos de leche -ud. compró y pagó un litro de leche “Vaquita”-.

Luego, como los beneficios de la empresa de leche “Vaquita” aumentan porque su stock de leches se ve disminuido, sus directivos tienen los incentivos para invertir en ampliar la capacidad productiva, así como para investigar en mejorar el proceso productivo. También, el estado sólido de sus finanzas les permite conseguir financiamiento para estas mejoras.

Para finalizar este ejemplo, es importante recalcar que cuando usted fue a la tienda “El Farol” y eligió una leche de marca “Vaquita”, y no una leche de marca “Pastito”, ni tampoco eligió pan “El Trigal” ni jugo “Las Frutas”, usted esta eligiendo justamente que siga existiendo la tienda “El Farol” por sobre todas las otras tiendas disponibles, pero mas importante aún, es que elige que siga funcionando la “cadena productiva” particular de la leche “Vaquita” por sobre la de la leche “Pastito”, el pan “El Trigal” y el jugo “Las Frutas”. Usted fomenta que se reproduzca el proceso antes detallado sólo para la leche “Vaquita”, mientras deja que los procesos análogos para los otros bienes se detengan.

El dueño de la tienda no le pedirá ni leche “Pastito”, ni pan ni jugo al distribuidor, y por ello el distribuidor no pedirá estos productos a los respectivos productores. Así, las empresas acumularan stock y sufrirán pérdidas.

Cómo se resume a lo largo de este breve ejemplo -al final- la oferta en las tiendas, la producción, la inversión, la investigación, y el financiamiento derivan del consumo pasado.

Claramente, el efecto que tiene comprar una leche es verdaderamente pequeño. Y lo es porque simultáneamente a la compra que ud. realizó de la leche “Vaquita”, otras –literalmente- millones de personas compraron leche “Pastito”, y otras tantas pan “El Trigal” y jugo “Las Frutas” cada día. Por ello, el mensaje que recibe realmente el directivo empresarial no es que le compran una leche más, y por ello decide producir, invertir e investigar mas; el mensaje que recibe es que le compran cientos o miles de litros de leche más, y de allí decide la ampliación de la capacidad industrial en plazos al menos anuales.

Por esto mismo surgen los problemas de este entendimiento: Por una parte el desfase entre la compra y su efecto sobre la cadena productiva lleva a que sea sólo entendible teóricamente. No sólo ocurre que la compra de hoy determina la producción de mañana –que es probable que otra persona consuma-, además, la variación en la producción de mañana realmente será en bastante tiempo más –ya que el “voto” que uno emite se demora en transmitirse por la cadena productiva-. Por otra parte, este entendimiento se complica por la masividad de compras y producción, abrumadoramente más grande de lo que cada individuo puede concebir por su cuenta, lo que hace sentir que el efecto real que se tiene en aquel vasto océano es efectivamente cero.

Por esto mismo, la verdadera relevancia de este entendimiento no va por el efecto concreto sobre los grandes agregados económicos que tiene el consumo individual, sino de qué forma cada individuo puede –de acuerdo a sus propias capacidades- generar movimiento hacia una realidad particular para el conjunto de nuestra civilización. Por ponerlo de cierta manera, nosotros no determinamos lo que se produce, pero si inclinamos la balanza hacia un lado u otro, similar a las votaciones democráticas.

Similar pero no igual: mientras en las elecciones políticas gana el candidato A o el B –por lo que el efecto de votar es mayormente moral a menos que la diferencia de votos sea de 1-, en las elecciones económicas cada voto tiene efectos reales en el sistema –otro asunto es que aquel efecto sea relativamente tan pequeño ante los grandes agregados que se considere insignificante-.

En el sistema económico de mercado, cada voto provoca reacciones en el conjunto. Efectivamente, cada vez que compramos “votamos” por la re-producción de aquello que compramos: “Votamos” para que se extraigan nuevamente los recursos necesarios para confeccionarlo –de la forma en que se extrajeron cuando lo consumimos-, “votamos” para que se contrate nuevamente la mano de obra necesaria para producirlo –bajo las condiciones existentes cuando lo consumimos-, y en fin, “votamos” para que se re-produzca toda la larga cadena productiva que significa la producción del bien específico que compramos –por el que “votamos”, y por ello se reproduzcan todos los efectos –positivos y negativos- de ésta.

El dinero adquiere desde esta perspectiva un nuevo sentido, porque ya no sólo es el medio que nos da poder para conseguir materialmente lo que queremos para nuestra vida personal, sino que nos da poder para estimular una cadena productiva sobre otra, para preferir la producción de una cosa sobre otra, y para incentivar alguna actividad sobre otra. En términos democráticos, el dinero constituye verdaderos “votos” en el sistema económico, que tienen la atribución de determinar asuntos aparentemente tan ajenos como qué se ofrece, produce, investiga y financia.

Con esto, no se puede dejar de lado una interesante observación. La desigualdad social en el ingreso adquiere de esta forma otra calidad, pues no sólo determina distintos niveles de vida al que pueden aspirar distintos individuos, sino que significa una verdadera diferencia de votos –y poder- ante el sistema económico. Los ricos (materialmente) compran -y deciden- más. Los pobres menos. Pues explicitando un detalle relevante, mientras en las elecciones democráticas el poder lo tiene la persona, pues una persona es un voto, en las elecciones económicas de libre mercado el poder lo tiene el dinero, pues un peso gastado es un voto.

No deja de resultar curioso como las sociedades “modernas”, jactándose de sus regímenes democráticos, basan exclusivamente la igualdad entre sus ciudadanos (fundamento elemental del “poder del pueblo”) en el plano político. Y resulta tan curioso al considerar que progresivamente –a lo largo de todo el mundo- el sistema político ha ido dejado su protagonismo ante la implacable hegemonía del sistema económico.

Se llega con esto a una triste conclusión. Mientras se lograron importantes victorias durante el siglo XX en la mayoría del mundo por la democratización del sistema político, se estanco realmente la democratización de la sociedad en su conjunto con la doble tendencia de la concentración económica y la hegemonía del sistema económico por sobre el político. En la medida que en una sociedad la concentración de la riqueza llega a ser brutal y el sistema económico comienza a mandar por sobre el político, la democracia electoral puede llegar a ser una simple formalidad en relación a las decisiones más importantes que afectan la realidad económica, social y medioambiental. ¿Acaso no es esto justamente lo que ha ido ocurrido con el auge del neoliberalismo a lo largo del mundo?

Pero volviendo al tema central de este escrito, para llegar a lo que realmente lo inspira, el consumo mismo adquiere un significado completamente distinto bajo esta óptica.

Mediante el consumo se define realmente qué se produce, en qué se invierte, qué se investiga, y qué se financia. Puede existir la demanda de algo sin que exista una oferta para ello, pero no puede –en un sistema de mercado- existir oferta de algo en el mediano plazo sin que exista demanda por ello. Lo que hace el mercado es definir que aquella actividad sin demanda –o sin demanda suficiente para los costos que significa la actividad- se detenga para destinar los recursos originalmente usados en ella a otras actividades más valoradas por quienes consumen.

En realidad lo que hace una economía regida principalmente por el mercado, es configurar las actividades productivas según las valoraciones, prioridades y deseos de quienes consumen. De esta manera –en una cultura cuyo principal motor es lo material- se extienden las influencias generadas en la dimensión económica al conjunto de nuestra sociedad, constituyendo verdaderos cambios civilizatorios.

¿O acaso se gastarían más de 600.000 millones de dólares anuales en publicidad[1] –actividad destinada a influir justamente en “las valoraciones, prioridades y deseos de quienes consumen” - si consumir no tuviera el potencial de cambiar nuestra civilización?

Daré tres casos para ejemplificar a qué me refiero con todo esto:

1) Cada vez que ud. elige consumir un kilo de carne de res, usted esta legitimando toda la cadena productiva que se requirió para que usted pueda disponer de aquel alimento, y por ello la está echando a andar nuevamente. A la vez, usted decide que los recursos empleados en producir aquel kilo se empleen nuevamente en la carne, por sobre otros usos que podrían tener. Así, usted esta eligiendo que 2 hectáreas se utilicen en criar una vaca que permite obtener 290 kilos de carne, en vez de destinarlos a cultivar trigo por ejemplo, que darían más de 8.000 kilos de alimentos (bastante útiles en un mundo con 1.000 millones de personas padeciendo hambre). A la vez, esta legitimando el sistema de crianza y matanza de vacuno –que lleva a la mayoría de la gente que la conoce a volverse vegetarianos-. También, estimula la deforestación de bosque nativo para el monocultivo de soja y otros granos que se emplean para alimentar a estas vacas… consciente o no de todos estos efectos, al comprar un kilo de carne, usted está legitimando todo lo anterior, y está diciéndole a la economía: “Quiero que esto se realice nuevamente”. Bastaría que usted –y muchísima gente como usted- condicione, reduzca o detenga su consumo de carne, para que se reduzca enormemente la deforestación, se liberen hectáreas para el cultivo de alimentos, y se mejoren las prácticas para obtener este alimento. Y al final, si suficiente gente dejara de legitimar la carne que nos ofrecen–y por ello dejara de comprarla- los precios bajarían a niveles prohibitivos para la permanencia de esta industria en un sistema de mercado.

2) Cada vez que usted elige comprar tabaco, usted esta prefiriendo la destinación de recursos a una industria que fabrica una droga para nuestra entretención e intoxicación. Los miles de millones de dólares que mueve anualmente la industria de tabaco a nivel mundial podrían destinarse a, entre tantas otras cosas, producir leche para los millones de niños malnutridos, con sólo una modificación de nuestro hábito de consumo de tabaco a “leche para un niño desnutrido”. Es decir, si cada vez que fuésemos a gastar $1.000 pesos en cigarrillos, dejáramos de hacerlo y lo gastáramos en una ONG cuya misión es darle un desayuno a un niño, la malnutrición infantil disminuiría casi por completo de la noche a la mañana. De una manera sorprendente, la actividad de producir drogas intoxicantes dejaría de ser rentable –recompensado por la sociedad-, y la de nutrir adecuadamente a los niños vulnerables comenzaría a serlo… si sólo suficientes individuos hicieran este cambio.

3) Cada vez que usted va al supermercado y acepta comprar una lechuga envuelta en plástico –lo que es a todas luces innecesario-, y luego acepta una bolsa de plástico al pasar por la caja para llevar esa lechuga, simultáneamente esta legitimando la producción de “lechuga envuelta en plástico”, y de bolsas de plástico. Es falso, como hemos visto en este texto, que dado que la lechuga y la bolsa ya están en el supermercado es irrelevante si usted las compra y acepta respectivamente. Al aceptar ambas, está echando a andar la máquina productiva que los re-producirá. Así, al comprar lechuga en bolsa de plástico, tomando luego otra bolsa para acarrearla se acepta implícitamente no sólo la contaminación adicional que ambos plásticos generarán al desecharlos, sino que adicionalmente legitima la cadena productiva que incluye en su proceso plásticos innecesarios. Si sólo suficientes personas condenaran esta práctica ridícula prefiriendo lechugas no envueltas y rechazando la bolsa que siempre nos ofrecen tras la caja registradora, las lechugas envueltas en plástico y las bolsas de plásticos se acumularían en los estantes de nuestras tiendas y por ello rápidamente su producción se vería disminuida. Imagine cuánta contaminación menos tendríamos en nuestros vertederos, calles y océanos por bolsas de plástico, y cuánto menos petróleo sería demandado por nuestra industria con esta pequeña consideración a la hora de comprar lechuga.

Tomando los tres casos anteriores, se pueden esbozar dos tipos de civilizaciones humanas radicalmente distintas: La primera –tristemente similar a la que poseemos- se presenta como una civilización que prefiere que algunos coman carne a que muchos puedan alimentarse dignamente, que algunos coman carne a que se mantengan los bosques sobre la faz del planeta, y que algunos coman carne a que se tengan sistemas de criado aceptados conscientemente por los ciudadanos. Más aún, es una civilización que permite que se usen grandes cantidades de recursos en el lujo estéril de la intoxicación placentera, mientras deja que millones de niños padezcan hambre y enfermedades fácilmente prevenibles. Por último, es una conformación social que estimula el derroche injustificado de basura que requiere de importantes recursos para generarse, y provoca dolorosos daños al ambiente donde se deposita.

Contrariamente, la segunda se nos dibuja como una alternativa atractivamente distinta. Se estimula la producción de alimentos esenciales para todos los humanos, a la vez que se preservan los bosques y el trato digno a los animales que se comen. Se prioriza la crianza sana y completa de los niños por sobre el lujo intoxicante de los adultos, y se evita sistemáticamente la basura innecesaria, racionalizando los recursos disponibles y cuidando el medioambiente del que dependemos para existir.

Lo más precioso de todo esto, es que aparentemente la transición entre un tipo de civilización y otro no requiere de una Gloriosa Revolución, ni de prominentes líderes e iluminados que vengan a liberarnos del mal y enseñarnos el Camino Verdadero. Ni siquiera requiere de un enorme sacrificio real de parte de todos nosotros. Simplemente requiere de individuos proactivos que estén dispuestos a hacer los cambios necesarios en sus estilos de vida para que éstas armonicen con una Humanidad Justa. Simplemente requiere de consumidores conscientes del poder de su consumo, y del impacto real de éste.

Se requieren consumidores conscientes de que cuando compramos, hacemos un acto de legitimización de aquello que compramos, y aceptamos la destinación de recursos para esto por sobre todo otro uso posible. Y se requieren individuos proactivos para cambiar nuestras costumbres injustas y destructivas, inspirados en el entendimiento de que sea consiente o inconscientemente, la responsabilidad que deriva de consumir recae con igual peso sobre nuestros hombros.

Pero aunque pareciese que basta con ello, no seamos demasiado ingenuos. Por una parte la actual concentración del poder económico en colosales transnacionales y titánicas “private equities”, conlleva a que actividades cruciales para el desarrollo fisiológico estén hegemonizadas en pocas manos, imposibilitándose la capacidad real de consumir como método legitimizante. Por otra, una visión amplia de las circunstancias medioambientales críticas a las que nos enfrentamos hoy, fuerza a un consumidor consciente a reducir –o al menos frugalizar- su consumo, actitud que no sólo afronta diametralmente los intereses de las grandes corporaciones; se rebela contra los supuestos mas hondos de nuestra cultura.
Puede que entiendas perfectamente todo lo anterior, y sigas abrumado(a) por nuestra relativa pequeñez individual, creyendo que con el bajo nivel de consumo que tienes, no posees el poder para incidir efectivamente en la elección comunitaria entre un tipo de civilización u otro. Y es mas probable aún que creas que no puedes, o llanamente que no se puede hacer nada frente a los grandes entes económicos y los poderes fácticos enconados en mantener el status quo.

Para la mayoría de las personas, esto puede que sea cierto.

Pero al menos modificando tu hábito de consumo, puedes empujar al conjunto de nuestra humanidad hacia la forma particular de sociedad que quieres: Legitimando lo que consideras bueno, deslegitimando lo que crees que debe cambiar.

Al final del día no podrás decir que gracias a ti el mundo es el lugar que soñaste, ni tampoco podrán decirte que el infierno que viviremos es por tu culpa. Pero sólo entonces podrás, día a día, vivir con la alegría sana de la conciencia tranquila, al saber que tú estás–de acuerdo a tus capacidades- aportando a que este mundo sea un mejor lugar.

Benjamín Leiva Crispi - 24 de enero de 2010



[1] Estudio de Bernstein Research, Julio 2007

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