Siendo una persona más entre las casi siete mil millones que habitan este planeta, me surge con frecuencia una sensación de deprimente pequeñez.
Viviendo en una sociedad tan vasta e impersonal, en que las grandes decisiones sobre producción, inversión, investigación y financiamiento se toman sensiblemente lejos y en altos círculos de poder, me surge fácilmente la resignación de la insignificancia personal ante las grandes definiciones de nuestra civilización, y la creencia que nuestros actos no tienen consecuencia alguna en el sistema económico, social, y natural.
Desenvolviéndonos en el día a día, caemos en creer que consumir es una actividad determinada por la oferta que existe, y que lo que consumimos –eslabón final de la cadena productiva- no tiene ningún efecto sobre lo que se produce, cómo se produce, lo que se invierte, investiga y financia.
A ser verdad, en una economía de mercado basada en el sistema de precios, todo eso es falso.