Se podría considerar que el movimiento ecologista como lo conocemos “nace” en la década de los 70 con el Club de Roma y la Conferencia de Estocolmo. Pero a pesar de que ya hayan pasado más de 40 años de aquellos hitos, vemos como aún con el aumento exponencial de la destrucción ambiental y la rápida expansión de la conciencia “verde”, una comprensión simple y generalizada de qué se trata el ecologismo, de cuáles son los fundamentos por los que existe y el motivo que lo guía, aún no logra instalarse en nuestra sociedad. Y esto es principal si se quiere aspirar a provocar cambios sustanciales en ella.
Detrás del “espíritu ecologista” radican dos principios fundamentales cuya transversalidad traspasa los límites del llamado “movimiento verde”, sea en su faceta ecologista, ambientalista, indigenista, u otra.
En realidad, estos principios son constituyentes de toda tendencia política, sean de izquierda o derecha, pero ocurre que en los movimientos políticos tradicionales estos principios están obviados, no son fundamentales, o simplemente no se toman en consideración. Por esto deviene sumamente interesante explicitar qué principios esenciales conforman el discurso “verde”, de qué forma éstos también están presentes en los otros discursos políticos, y finalmente rescatar porqué se diferencia el primero de los segundos, destacando porqué el discurso “verde” presenta una propuesta muchísimo más adecuada a los tiempos presentes.
Sin más, los principios elementales son los siguientes:
1) Toda sociedad de seres vivos -y por supuesto la sociedad humana- habita en un medio particular, con condiciones bioquímicas específicas que permiten justamente el desarrollo de la vida en él. Si este entorno resulta profundamente alterado, y este balances es destruido, la vida que se yergue sobre este medio resulta a su vez destruida: no hay escapatoria a esta conclusión.
2) No sólo de pan vive el humano –como dijese el Cristo hace mas de dos mil años-, lo que significa que la felicidad humana se determina por algo más que las meras condiciones materiales.
El primer motivo, puramente técnico, no presenta ninguna complicación en relación a los puntos de vistas que pueden surgir alrededor de éste. Es tan inocuo como plantear que la entrada del sol provoca la entrada del día, y la salida de éste la entrada de la noche. Lo interesante de él va por otro lado:
Esta dinámica de la relación socio-ambiental ha estado completamente olvidada de los discursos políticos tradicionales, quizás porque hasta hace muy poco se creía con certeza que el impacto que podía ejercer la humanidad sobre los balances bioquímicos de la Tierra era a tal punto mínimo que podía considerarse despreciable o hasta llanamente inexistente.
Esta creencia fue entendible hasta el siglo XIX, pero ya en el siglo XXI se puede plantear con propiedad que el impacto que ha efectivamente ejercido la humanidad sobre los balances bioquímicos de nuestro planeta ha llegado a tal punto que hoy somos testigos de la decadencia generalizada de los ecosistemas de la Tierra, y de la real amenaza de la disrupción irreversible de aquellos equilibrios que sustentan la vida como la conocemos. Hoy vemos perplejos como en 36 años se han extinto un tercio de las especies vertebradas[1], como se han desertificado un 70% de las tierras agrícolas del planeta[2], y como se talan mas de 13 millones de hectáreas de selvas tropicales cada año[3].
La diferencia que surge entonces entre el movimiento verde y los movimientos tradicionales –tanto de izquierda como de derecha-, radica no en la consecuencia que trae la disrupción de estos equilibrios, sino en el reconocimiento de que esta disrupción ya esta ocurriendo hoy a una escala catastrófica y próximamente irreversible.
Así es como, mientras los movimientos políticos tradicionales han sistemáticamente obviado la dinámica esencial por la cual se resguarda la manutención de la vida –y diseñado sus políticas de desarrollo consecuentemente-, el movimiento verde nace justamente como una respuesta política ante este intento suicida de destruir las bases mismas sobre la cual se desarrolla cualquier intento de progreso humano, y cualquier forma de vida en general.
Cae por esto sobre “los verdes” la mayor pertinencia histórica y política del presente, pues su surgimiento se debe justamente al conflicto por el cual se pone en entredicho la supervivencia de nuestra especie, o al menos la continuidad de las condiciones biosféricas que le dieron nacimiento.
Pero el “movimiento verde” va más allá de denunciar los descalabros ecológicos de nuestro modelo de civilización: propone una nueva visión de sociedad, de objetivo del desarrollo social, que invierte las prioridades actuales y deja entrever una humanidad “más humana” y más feliz, fundada en su segundo pilar constitutivo: las cosas no nos dan la felicidad.
La destrucción generalizada de la biosfera tiene como causas directas el aumento abismante de la producción y el consumo, que tienen como contrapartida el aumento crítico de la deforestación, emisiones de GEI[4], generación de basura, pérdida de biodiversidad, contaminación de los mares, erosión de los suelos, entre otros.
Y aunque el aumento abismante de la producción y el consumo son posibles gracias al auge técnico y científico de los últimos dos siglos, se generaron por la aceptación mundial–activa, pasiva o forzada- de que la felicidad humana deriva de las circunstancias materiales a las que se enfrenta cada individuo, y por ello el progreso de la civilización se puede medir confiablemente bien por el nivel de cosas que se producen y consumen.
Es por el “sueño” occidental de la opulencia material como garante de la felicidad y la prosperidad, bien conocido como el “sueño americano”, que se genera el comportamiento que ha desembocado en la crisis planetaria a la que nos enfrentamos.
Pero seamos justos. Esta creencia no surgió simplemente porque a nuestros abuelos y padres se les olvidó que “no sólo de pan vive el humano”. Resulta plausible considerar que en tiempos de la revolución industrial, cuando todavía grandes partes de la población vivían en la miseria, se considerase que el aumento de la producción era condición necesaria para la felicidad, y que por esto los esfuerzos políticos se encaminaron a asegurar una base mínima sobre la cual los individuos pudiesen definir libremente su propia vida. Esta convicción –compartida tanto por ídolos de la izquierda como Marx, como por aquellos de la derecho como Smith-, lamentablemente sufrió una peligrosa corrupción.
La posesión material pasó de considerarse condición necesaria para la felicidad, a condición necesaria y suficiente para ésta. Incluso derivó con el tiempo, y rige hegemónicamente hoy en día, que las cosas son efectivamente La vía de acceso a la realización humana.
Ya no basta con poseer los medios suficientes para vivir dignamente, y así comenzar a emprender el verdadero camino que lleva a la felicidad. Bajo el esquema de pensamiento hegemónico que impera hoy, compartido tanto por la derecha como la izquierda tradicional, nunca son suficientes ni las cosas, ni los gustos, ni los lujos.
Fluye de esto una conclusión oscura: si las cosas son el vehículo de la felicidad, entonces el pobre nunca cesará de aspirar a ser rico, y el rico nunca se saciará de acumular, por lo que nunca será suficiente de crecimiento económico, y por dicha suerte nunca serán suficientes los recursos naturales, la tala de bosques, y la quema de combustibles fósiles: en un planeta frágil y limitado como el nuestro, lo anterior es sinónimo de suicidio colectivo.
Atrapados en aquella creencia rancia los movimientos políticos tradicionales siguen esforzándose insufriblemente en apuntalar la producción y mantener a toda costa un sistema productivo cuyo beneficio es la generación de enormes riquezas mercantiles para algunos, pero cuyo costo es la destrucción de la biosfera, el crecimiento de la desigualdad, y la infelicidad generalizada –incluso de aquellos mismos que se ven enriquecidos materialmente-. Pareciera si como los líderes, enceguecidos por la persistencia de la pobreza, creen que se requiere producir más, cuando en realidad el hambre, el analfabetismo y la miseria son hace décadas un asunto político, generados por la persistencia de una desigualdad creciente.
¿Y por qué tanta desigualdad? Porque los ricos y poderosos aún creen, a pesar de le evidencia en contra, que las cosas y el poder material les otorga la felicidad. Por ello, a pesar de la abrumadora riqueza global, nunca queda espacio para aquellos que no tienen. Nunca hay suficiente para compartir, pues nunca es suficiente de nada.
Así, los movimientos políticos se han estancado en un error conceptual ante sus propios fundamentos que resulta al menos curioso. Estos movimientos –sean de izquierda o derecha- se sostienen en constructos ideológico que explícitamente reconocen que las cosas son sólo una fase insuficiente para el alcance de la felicidad. Sea la derecha, con su fuerte influencia religiosa basada en las palabras del Cristo, o sea la izquierda, con sus lineamientos filosóficos históricos llevados a acabar con la alienación, nacen predicando que las cosas no nos darán la felicidad, sino a lo mas cierta comodidad. No obstante, consistentemente vemos como hoy tanto la Derecha como la Izquierda avala la acumulación indefinida del capital, y la alienación constante de las masas pobres y ricas con el lujo del sobre-consumo.
Contrariamente, el movimiento verde surge como una reacción ante la destrucción ecosistémica generalizada que ha provocado nuestra civilización, justamente por la creencia de que con más producción y consumo -con más cosas- progresaremos. Reacciona diciendo que no podemos seguir anteponiendo lo que deseamos tener a los ciclos y ritmos regenerativos del planeta, pues si lo hacemos condenaremos nuestro futuro. Pero va mas allá planteando que tampoco debemos seguir anteponiendo lo que deseamos tener a los ciclos y ritmos de nosotros mismos, pues sólo respetándolos podemos llegar a la paz necesaria para nuestra realización. Visto así, el freno a la expansión económica no constituye un verdadero sacrificio hacia nuestro auténtico progreso, pues las cosas no determinan la felicidad humana. Y es la felicidad humana el fin último del desarrollo humano.
Así, plantea que este freno constituye simultáneamente lo necesario para detener la destrucción de la naturaleza, y para reemprender el camino hacia una sociedad con sentido, verdaderamente justa, plena y feliz. Hacia una civilización solidaria y austera que comprenda que las condiciones materiales para la construcción de la felicidad ya las hemos conseguido hace tiempo, y es hora de que finalmente emprendamos el verdadero camino de la realización de lo que divinamente constituye “lo humano”.
¿Y qué es eso? En palabras de Claudio Naranjo, es el desarrollo integral de nuestra dimensión intelectual, emocional y espiritual, con el reconocimiento de que la felicidad proviene del entendimiento propio, de caerse bien a uno mismo, de soportarse a uno mismo. De la sanación de las heridas emocionales que acarreamos como lastras invisibles. De tener tiempo de ocio, para cultivar las artes y las pasiones propias, y para convivir con la gente que uno ama y estima sin el apuro estridente de los tiempos contemporáneos.
Con este giro que plantea el motivo ecologista, el concepto de la realización de nuestras potencialidades se desplazaría de su actual concepción frenética y desosegada -basada en condiciones externas-, a un entendimiento de ella en el silencio, en la sonrisa sincera, en la reflexión y en la mística –basada en disposiciones internas-. Con estos nuevos principios, el individuo dejaría de buscar por todos los medios evitarse, y comenzaría el doloroso pero verdadero camino de encontrarse consigo mismo, aceptándose.
Planteado de esta óptica, el motivo ecologista no es sombrío. Aunque proviene de que nuestro mundo esta al borde del colapso generalizado provocado por el despliegue de nuestra propia actividad, concibe en esta crisis la oportunidad de emprender un nuevo rumbo hacia un mundo mejor, fundado en la creencia que la posesión material no es el barómetro de la felicidad, y el entendimiento que la humanidad ya ha superado la verdadera escasez para que todos sus miembros puedan vivir dignamente.
Finalizando, el “movimiento verde” es el único que surge de los conflictos que más apremian hoy a la humanidad, y por ello promueve una visión y una propuesta radicalmente nueva, adecuada a los críticos tiempos que nos ha tocado vivir.
Lo único que le falta, es la fuerza de las masas conscientes –sean de izquierda o de derecha-, que hagan incontenible el furor temerario que lo nutre, para que con ella logré plantear con propiedad que otro mundo no sólo es posible y necesario. Es deseable.
Benjamín Leiva - 13 de abril de 2010
[1] Convention on Biological Diversity, “Third Global Biodiversity Outlook”.
[2] Convención de Lucha Contra la Desertificación, CLD, http://www.serna.gob.hn/convenios%20cooperacion%20externa/desertifi.pdf.
[4] Gases de Efecto Invernadero
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